LA ALEGORÍA DE LA CUEVA

El por qué de no más preguntas


Pedro Luca Mamaní fue un ser que marcó un momento iniciático en mi vida. Cuando me expreso con ese término no es a la ligera.

El rodaje de esta película se desarrolló entre 2017 y 2019. Viajé con distintos compañeros y compañeras a la cueva, su hogar, en cinco ocasiones, cada una en una estación diferente del año. Primavera, verano, otoño, invierno y primavera nuevamente. Como si se tratase de un ciclo interminable, el rodaje inició y finalizó en un ouroboros que, a diferencia de comerse a sí mismo, se cultivaba a medida que se retroalimentaba de las experiencias individuales y compartidas.

La iniciación podría extenderse por una incontable —o al menos, a esta altura, pasados los años, incontrolable— multiplicidad de motivos y experiencias, pero quiero detenerme en dos particulares.

En febrero de 2017 viajé junto a Octavio Reyes, entonces mi amigo, hoy productor de mis proyectos y cuñado. Los veranos en las yungas tucumanas suelen ser lluviosos y ese año no perdonó. Gota tras gota, barro tras barro, fresco tras sol tras nube tras humo.

Recuerdo haber caminado hacia la parte alta de una piedra madre y observar a lo lejos, en el valle, el poblado más cercano: San Pedro de Colalao. Quedé ahí, perdido un momento, preguntándome ¿por qué tomaba esos riesgos?, ¿cuál era la finalidad del esfuerzo físico, intelectual y material de encarar ese proyecto límite? No encontré ninguna respuesta, ni en los árboles ni en el cielo, ni en los senderos, ni en Pedro.

Volví a Santa Fe, mi ciudad, y pensé un instante no volver más a la cueva de Pedro Luca.

A los pocos días estaba preproduciendo el próximo viaje, que sería en junio, junto a Juan Manuel Robles, un jefe que se hizo amigo. Juan había sido el primer productor de Aire, una película INCAA. No aguantó la presión de los capitalinos y renunció poco antes de comenzar el rodaje. Tomé el rol de jefe de producción en honor a su portazo y, aunque enviaron a un trasnochado para que cumpliese su lugar, a fin de cuentas la ejecución logística del rodaje la hice sin chistar. En los créditos, el desgarbado; en el anonimato, mi nombre.

Un poco de catarsis intelectual, para que no crean que soy tan bueno.

El próximo hecho iniciático que marcó esa bilogía ocurrió ese invierno.

A fin de no dormir con dolor de barriga, debíamos descargar lo poco que comíamos y bebíamos arroyo abajo, en un matorral tupido bajando la pendiente de la cueva, casi llegando al límite con el sendero que conducía al Puente del Indio: una formación rocosa en una de las cumbres que servía de mirador y sitio de referencia para los antiguos habitantes de esas zonas, y por supuesto para nosotros, los expedicionarios del nuevo milenio.

El silencio del monte está repleto de ruidos, y esos ruidos se vuelven silencio porque son monótonos, se solapan con nuestros pensamientos hasta aturdirnos, y una vez que logran su cometido se callan dentro nuestro, aunque afuera todo sigue siendo vida.

En ese lugar alguien me habló: una mujer, rubia y joven. Sabía quién era pero no terminaba de comprender por qué aparecía como un susurro en mi mente en aquel lugar. Se había quitado la vida hacía muchos años. Judía, hija de una profesora de la secundaria. Solo pasó un instante y me dijo: “Estoy para cuidarte”. Nunca recuerdo si por siempre o por ese día, ese instante, ese minúsculo y fatuo momento del presente.

Terminó ese viaje y vinieron dos más. Así se fue completando el registro de Pedro.

Nunca más lo volví a ver: ni a Pedro Luca Mamaní ni a sus montañas, ni el arroyo, ni escuché más a la joven rubia. Tampoco volví a preguntarme por qué hago el sacrificio de seguir filmando historias en paisajes límites, historias límites, desde los límites.

Me convenzo casi a diario de que la liminalidad y la marginalidad de la posición tomada me ofrecen un abanico amplio de percepción sobre el mundo que habitamos. Estar de lejos, sin catalejos. Estar de lejos al lado de todos los que quiero. Estar lejos para poder contemplar, desde y hacia la cueva, un mundo repleto de sombras que, a fin de cuentas, son sombras porque la luz que se emite desde algún sitio refleja los cuerpos móviles e inmóviles de un presente complejo.

José David Apel
Junio 2026


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