La historia de un caballo salvaje, una jineta y un cineasta que quería ser Dios
Una película que hice para que no les guste.
La historia de un caballo salvaje, una jineta y un cineasta que quería ser Dios fue mi tesis del Instituto de Cine y Artes Audiovisuales de la ciudad de Santa Fe, el útero donde aprendí y desaprendí lo que tenía que adquirir y soltar para hacer las películas que hice y las que haré hacia el futuro.
ISCAA es una institución modesta pero profunda, bella y antigua; moderna en sus alumnos, sus profesores y sus dirigentes. Es un sitio de encuentro, un hogar, el vientre de una cámara —si existiese—. Repito: un útero.
Esta película es controversial desde las formas, difícil de digerir en su contenido y rara desde su concepción. Es distinta a aquello a lo que lo tengo acostumbrado a usted, que se detuvo —o detiene— su tiempo para dar visionado a mis películas liberadas o al contenido generado y publicado en redes sociales.
Sin embargo, es un experimento que me ayudó a experimentar el tiempo y el espacio: mi tiempo como director, el suyo como espectador y el de cada uno de los actuantes en esta obra.
Descubrí en el proceso un método de creación argumental emparentado con la composición musical y con la teoría literaria del OULIPO.
Como si se tratase de un rizoma vivo y latente, cada disrupción corresponde a un naciente que proviene de otro fractal, y así sucesivamente hacia cualquiera de los lados intervinientes en ese espacio plástico e indefinido del arte audiovisual.
Un experimento personal que resultó en película y en el broche que necesitaba para cerrar una etapa hermosa en una institución que no solo me brindó la posibilidad de ser libre creando, sino también una familia de amigos y colegas.
