Una nueva película terminada.

Un cierre de año que me invita a seguir caminando firme.

Una escuela en el cielo, un pueblo en el suelo.


Después de 21 días en República Dominicana, junto a personas de una bondad y un talento enormes, mientras en Argentina la película seguía tomando forma en el color y la postproducción de imagen con Maxi, terminamos Una escuela en el cielo, un pueblo en el suelo.


El lugar donde afinamos el diseño sonoro, editamos y realizamos la mezcla se siente como un hogar.
No por sus paredes, sino por sus sonidos.
Un espacio vivo, casi un útero, donde por momentos los bajos del subwoofer me hicieron sentir dentro del vientre de mi mamá, hace ya 42 años.


Así se gestó esta película:
acompañada,
marcada sin juzgar,
dejándose ser.


Con el verbo IR, ese que está en el vivir y en el morir al mismo tiempo.
Ahora vuelvo a Argentina.
Me esperan mi familia, mis perros y mi hogar.
La película ya nació.
Ya no es nuestra.
Solo queda acompañarla para que la historia de esos niños y esas niñas llegue a donde deba llegar.


Soy un agradecido de este transitar.
Todo fue por añadidura,
pero nada por coincidencia.
Y ser purista en el cine,
como en la vida,
es ser vos, nomás.

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